Algunas de las fotografías expuestas en este blog están cogidas de Google. Si alguna de ellas es tuya y quieres que la retire del blog, házmelo saber y lo haré de inmediato.
Procedente del absurdo, un buen día aterricé en este lugar defectuoso, donde me libero del yugo de la imaginación y de los sentidos. Advertencia: escribo con las tripas.
Vos que tenés labia, contame una historia. Metele con todo, no te hagas rogar. Frename este absurdo girar en la noria moliendo una cosa que llaman "verdad"... Contame una historia distinta de todas, un lindo balurdo que invite a soñar. Quitame esta mufa de verme por dentro y este olor a muerte de mi soledad... Contame una historia... Mentime al oído la fábula dulce de un mundo querido, soñado y mejor... Abrime una puerta por donde se escape la fiebre del alma que huele a dolor... Contame una historia vos, que sos mi hermano, volcame en la curda que me haga sentir que aunque el mundo siga yirando a los tumbos, aún vale la pena jugarse y vivir... Batime que existen amigos derechos, mujeres enteras que saben querer. Y tipos con tela que se abren el pecho, si ven que la vida te puso en el riel... Contame la justa de un lecho de rosas. ¡Estoy tan cansado de andar por andar!... Contame una historia con gusto a otra cosa, y en la piel del alma poneme un disfraz...
Esas manzanas están demasiado maduras, ya se lo dije. Pero allí son de comerse las piezas cuando están verdes, antes de que se compliquen las cosas...
Hoy me gustaría contarles que no lo hicimos del todo bien. Me gustaría poder describirles cómo se siente una mosca en una tela de araña, o cómo es el día a día en la selva. Pero no lo haré bien, al menos no hoy, después de tanto ajetreo de idas y venidas...
Lo máximo que puedo hacer es contarles que aunque esté sentada en esta silla de cartón por los días y también por las noches, el sol sigue saliendo y poniéndose ahí fuera, siempre detrás de la ventana. Todos los días miro por el agujero de mi ombligo y todo sigue igual, nada cambia. Lo sé, pero no todos enseñan la barriga. Los ombligos ajenos llevan un tapón de corcho. Yo lo llevo también, pero lo quito cuando quiero.
Las máscaras se caen a pedazos, pero siempre a solas. Lo máximo a lo que aspiro es a verles venir de lejos y suponer. Todo se reduce a suponer. Debiéramos moderar estos usos. Los ojos siempre lagrimean. La boca vomita o escupe. Prefiero verles llorar, pero no me importaría, si de guiarme se trata, cualquiera de las demás. Lo que sea que tenga que salir de nuestras heridas, saldrá. Al final siempre sale todo por los ojos o por la boca. Pero esto no siempre ocurre en presencia de tí o de mí, por lo que en la mayoría de los casos no nos enteramos de nada. Y todo vuelve hacia atrás.
El domingo primero de aquel mes bisiesto me olvidé de un cumpleaños importante y el día de navidad no visité a un ser querido. Cuando el trato sólo tiene lugar en casos extremos, a uno se le olvida en qué parte de la historia se pusó el pause y dónde diablos se situaba aquel sujeto que no volvimos a ver nunca más. Cuando llegan condiciones extremas de viento huracanado, uno ya no tiene presente de qué lazos estábamos hablando y termina por actuar como si de un individuo más se tratara, sin llevar a cabo, en ocasiones, los trámites necesarios para una mantenida hipocresía social.
A veces las burbujas ofrecen una resistencia espectacular. Tendemos a creer que se rompen con un chasquido de dedos, pero en ocasiones no es verdad. Hay que tener cuidado con esto. Las burbujas son variopintas, pero ninguna como esas que se crean por necesidad. Son las más peligrosas. Uno la refuerza día tras día, casi sin darse cuenta, con fuertes ideas proteccionistas y cuando vuelve a amanecer después de mil años, es un hecho patente que la burbuja ya no estallará. Si quieren pueden pensar en muros por derribar, al fin y al cabo, la idea es la misma.
Se encerraron en una cuevecita solitaria perdida en el monte. Sólo querían estar solos, despedirse de la ciudad y de sus agobios, de los humos, de la contaminación. Pasaron los meses y los años y no salieron de ella nunca más. La gente que les echaba en falta, desde la ciudad, elucubraba acerca del paradero de los dos desaparecidos. Ni la policía ni ellos, llegaron a saber nunca nada más. Lejos de todo aquello, sólo la lluvia que humedecía la cueva les afectaba. Un día, más tarde que pronto, se aburrieron de la soledad y les dio por salir. No hubo vuelta atrás. El mundo había desaparecido.
Sus pies estaban tan enraizados en la moqueta gris de la acera que ya no podía sacarlos. No llevaba mucho tiempo en ella, en la acera, pero sí en la ciudad. Se llamaba la ciudad Salvaje. Ella se había quedado dormida sobre sus propios pies hacía ya veinte años, pero la ciudad no había dejado de crecer. Mientras, sin saberlo siquiera, había ejercido de posada para los pajarillos que en aquella ciudad se hacían llamar cuervos.
La vegetación había crecido demasiado. Se presentaba frondosa antes sus ojos bizcos de tanto mirar. Se daba cuenta de que las raíces de los árboles eran mucho más profundas que las suyas y algunas se enredaban con sus pies bajo tierra. Algo no había marchado bien.
Los edificios construidos con dedicación o sin ella, durante este largo tiempo, apenas se apreciaban entre tanto vegetal. Pero lo más importante, lo que sostenía en pie esta ciudad, era la naturaleza salvaje de su fauna. Los monos asilvestrados saltaban por encima de las cabezas que hiciera falta, los elefantes sin trompa presumían ante los que sí la tenían, los cocodrilos ahora te avisaban de que eras su cena y las panteras predominaban por estar predispuestas a cualquier cosa a cambio de defender su territorio. Sólo había un factor común: todos eran salvajes.
La acera se hizo chocolate gris. Sacó los pies. Después de tanto. Salió corriendo ladera abajo con el grito puesto en el cielo y los dedos inflados en forma de globos. Ya no sabía respirar. Las lagrimas habían corrido como ríos la noche anterior. Hoy, lo que corría eran una tremenda furia envenenada. La única cabaña de indios que aún quedaba en la ciudad le había tomado por el pito del sereno y le había despertado de su letargo. Después de tantos años dormida pudo despertar, y lo más importante, correr. No le gusto la sensación del despertar y se sintió peor. Vio que no quedaba nadie que no fuera salvaje. Sólo ella que había permanecido congelada y ahora, por culpa de ellos, ahora...
Reunidos se hayaban todos donde habitan las musarañas. Todos se miraban o se esquivaban, algunos compartían secretos, como lo hice yo. A la hora en que canta el gallo, las ganas aguardan agazapadas a una nueva ilusión, sí... Las dos chicas de las antenas sirven hoy de espejo. Ví lo que un día fui. Pero ya no lo soy. Reían y compartían historias llenas de ilusión. Jugaban a las casitas de muñecas mientras presumían de carmín rojo en los labios. Se sorprenderían, si después de aquella tarde en la comuna de los iguales, supieran que la mujer de la cara impasible les refleja en sus escritos.
Creer que aquello que contaban sobre las sonrisas se fuera a materializar en tan poco tiempo no estaba previsto. Al menos, no esperaba sentirlo en mis carnes hoy, ni mañana... no tuve que hacerlo, simplemente llegó. Mucho menos creí que ellas vinieran en nombre del tiempo a advertirme de mis descuidos. Ellas no piensan, son bellas, pero no lo saben. Aún. Sentí envidia, incluso celos. Reconozco que las miré, las miré curiosa mientras exponían ante todos aquello de lo que carezco, aquello que no tengo, lo que perdí.
Todos aquellos chicos también leen el libro grande. Aún no han llegado a la página donde acontecen las heridas, los cambios, el no poder hacer nada. Aún permanecen felices y quizás lo hagan siempre, quizás sólo yo perdí mis muletas, mi talismán, mis tesoros. Da gusto observarles entre los matojos, y a veces incluso a cara descubierta, revoltosos y derrochando la luz de los primeros, quizás segundos, despertares. Ellos admiran una columna sólida, se quedan embobados, creen que es fuerte y quieren ser como ella. La miran y la remiran aspirando a llegar, algún día, a adquirir su firmeza, a no tambalearse, a llegar a la cumbre, una vez consumido el tiempo necesario que aún les falta para realizar los sueños. Yo sin embargo, les envidio a ellos... por su frescura, que es efímera. Aunque ellos no lo saben todavía, y a mí me gustaría advertírselo, pero de nada serviría.
Más adelante, cuando detrás de la ventana y desde un séptimo piso, me asomo discreta a la fiesta de los pavos reales, me quiero unir a ellos, pero quizás la carne ya no esté tan tierna.
Me llama para llevarme con ella, descuidada y feliz, segura y cándida, no tiene miedo. Gracias a ella nos esperan, y es una buena baza, no debe desaprovecharla, creo que es consciente, tomó conciencia al fin. Alguién creyó que lo haría tarde, cuando todos le llevaran una gran ventaja quizás, demasiada como para no dejarla atrás, pero nadie lo hizo sin embargo… nadie la dejó atrás. Quizás ella corrió, quizás corrió con todas sus fuerzas, aunque nadie lo vió.
Por un momento quise desprender su luz, pero sobre todo atraer la de los demás, la de todos aquello que le aguardaron fieles. A pesar de todo, a pesar de la desventaja, de los pormenores, la esperaron. A los que no corren nunca, nunca les esperan y quizás fue que ni siquiera siendo nosotros los que esperamos nos dignamos a hacer un alto en el camino... y aguardar a los que se quedaron atrás. Quizás, aún hoy, sigamos sin hacerlo. No sé cuál fue la razón, pero nada ha salido como esperábamos. Yo me fui y ellos, aún, se quedaron juntos, a la salida, todos juntos... Y pronto se reunirán de nuevo...
Llegué a casa, y cuando el Sol se puso, soñé con todas aquellas pérdidas. Hacía mucho tiempo que no estaba con ellas, quizás me apetecía verlas, quizás, a pesar de sus defectos... Vinieron a recordarme que las perdí, pero también que no fui la única culpable y que aunque se hubieran quedado no hubiera sido lo mismo. El acople siempre fue bastante defectuoso, no como ellos… pero lo importante es que vuelven. Y sufro en mi delirio y ya no sé si lamento haberlas perdido a ellas, a ellos, a todos…, ya no sé si a cambio de la impermeabilidad mereció la pena, porque a pesar de las firmes creencias y de que hoy me siento segura, sigo siendo débil y vulnerable. Pero ellos creen que escondo algo y que derrocho autosuficiencia, creen que tengo glamour. Pero no lo tengo ni les tengo, quizás nunca les tuve. A ellos no, quizás a otros, no eran los mismos... quizás acaben igual, quizás no. Pero se dispersaron... todos se dispersaron, y hoy me sentí sola.
Cuando por la tarde, ella vestía sus trapos de seda, los planes y las batallas a medio perder se tornaron del todo perdidas. Un susurro innecesario advertía lo tremendamente obvia que era una vieja intuición. Las uñas del gato maldito que aún habitaba su cuerpo volvieron a destrozar todos los tejidos. No fue eso, sin embargo, lo que le revolvió. El saber que los ceros a la derecha siempre fueron los elegidos le hizo cambiar de percepción, más nunca de opinión. Que para las cucarachas a las que se acostumbró no había fumigador alguno ya lo sabía, pero que encima se multiplicaran en el tiempo y en el espacio a la velocidad del rayo le decepcionó.
Mientras la niña de los alambres de plata se desespera al caer despeñada, llora y grita y me mira para decirme que al fin y al cabo no soy tan mala. Y cuando, acto seguido, las mariposas de su camisa le suben por las mejillas y se introducen en sus orejas, sé que ya no escucha lo que le digo, sólo percibe sus propios colores.
Las órbitas son las de siempre, pero la energía que las mueve no. No supe administrar el cansancio, y, al terminar la jornada, unos platillos ensordecedores me aturdieron y me hicieron querer salir. Mi cuerpo no responde, no hay otro lugar, pero al menos adentro lo saben. Yo se lo conté.
No debí sentarme en la piedra del campo de las eras, está dura y yo cansada. Sé que estuvieron mirando entre las rendijas de la casa de la niña sorda. Les gusta recibir a gente, quisieron ser ellos mismos los que le cantaran la canción. No es de extrañar, les llenaron la cabeza de ilusiones, adentro siempre es lo mismo. Ellos no lo saben, pero nunca más saldrán.
Más tarde, cuando un niño chismoso se acerca a mis zapatos y me llega a la altura del ombligo, intenta decirme al oído que no se sentirá intimidado, porque cogiendo una escalera, sin duda alguna, llegará mil veces más alto que yo.
Cada una de las palomas, que aquel día volaban alrededor de su cabeza, vuelve a mi corral. Todas juntas, para que les dé de comer… pero traen la barriga llena de lo que comieron aquellos días y caen muertas una a una en mi propio suelo. Nadie las invitó. El hedor empapa mi noche, se embriaga de un aroma de tiempos vanos que corroe todo lo que soy. Y los ojos se quedan en blanco. No hay nada que hacer.
Las mañanas cansan y ayer todos ellos me impidieron dormir. Pude, en ese lugar donde brota la imposibilidad de articular palabra, alcanzar a decirles: Déjenla, está muerta.
No se despisten. Pude perder el norte, pero no la razón.