La extinción

¿Habrá dejado acaso de importarnos la gloria?

1:08

Ensayo - error

Publicado por Nenita


¿Saben? Un día me di cuenta de que cualquiera que sea la elección que tomen en la vida siempre les tocará renunciar a algo... Y yo aquí me hallo, despojada ya de unas cuantas cosas a cambio de otras, eso sí. Al menos sé que no había elección, no había otra elección que la mía. En eso consiste ser libre ¿no? eso dicen…

Asumir el presente, responsabilizarse del futuro, aceptar los errores del pasado y vivir con ellos. Siempre en la medida de lo posible, claro está. Intentó prescindir de esta tendencia mía de caminar mirando siempre hacia atrás. Para bien y para mal. Sí, podría pasarme la vida entera caminando de espaldas para asegurarme de que no me dejo nada en el camino. Otras veces, en cambio, de lo que intento asegurarme es de que el pasado no me persigue, que se queda en sus sitio, ahí bien atrás. Si me van a advertir de estatuas de sal, ya no me importa, he de informarles de que hace tiempo que me transformé. Al menos mi alma sí lo hizo ¿qué le vamos a hacer?

El pasado es mi vida, mis recuerdos, mis afectos, todo lo que ha mantenido vivo a este cuerpo inerte. Sin sus experiencias no sería nada, o sería todo cuánto no soy. Experiencias, afectos, desafectos, infancia, lugares... lugares que quizás ya no existen, y otros que por más que quisieramos, nunca desaparecerán... en cualquier caso, ya nunca serán los mismos.

Me duele especialmente verme obligada a tener que ir dejando pedazos de mí por el camino. Pero me duele aún más no poder volver atrás, enmendar mis errores, cambiar tantas cosas.
A veces pienso que nací para ser una maleta y llevarme conmigo a todo y a todos… Y por qué no, abrirla con el coche en marcha y dejar escapar todo aquello que hice mal.

Me quedan todos los recuerdos que me cuido bien de atesorar en mi memoria, estos me pesan sobremanera, quizás no lo imaginen o quizás les pase igual…

El pasado, mi gran paraíso perdido... ODIO TANTO NO PODER VOLVER ATRÁS...


Oigan, tengan cuidado con las cosas que no se pueden borrar...





11:56

Todo estaba bien

Publicado por Nenita


Tenía el teléfono pegado a la oreja. Su madre le hablaba de las vacaciones en Marbella, del estado del gato, de las discusiones con papá... Mamá, soy cobarde. Nenita está fuera del mundo, sueña con mundos extraños, y tiene el pecho contraído de huraña que es... Se me olvidó bajar la basura y he roto el florero que te regalé... (No me verás cubierta de gloria). ¿Qué tal está papá? No recuerdo lo que me dijo ayer... Te echamos de menos hija, deberías estar aquí, hemos hecho una barbacoa, es que a Chechu le han nombrado jefe superior en los suyo, estamos todos muy orgullosos de él. Mamá tengo frío, los veranos no duran nada, y Gerardo no me llena. No seré lo que soñé... Recuerdos de tus tías, hija. Mamá, se me olvidó regar las plantas y te mentí cuando te dije que sudaba por las fiebres!! Nenita, sé buena, no duermas la siesta, trabaja. Mamá, me lo recuerda Gerardo, él se encarga de mí... en cambio, otros mundos me ayudan a olvidar… ya, lo sé, eso tú no lo querrías para mí. Mamá estoy triste. Hija llámanos pronto, vienen los primos. Mamá…

Qué quietecita se quedó la nena sentadita en el sillón. El berrinche le pilló desprevenida. El alma pesada, el rostro... de relajado, muerto. Estrepitoso estruendo. Tardó en llegar la paz. Nunca se supo el porqué de la tormenta...




12:56

Réquiem por un sueño

Publicado por Nenita

Abrí la puerta y entré en aquel paraíso perdido. Olía a sangre mugrienta y a puré de obligaciones. El suelo estaba lleno de vísceras sangrientas, tripas enredadas, entrañas con olor a ausencia de alternativas... A lo lejos ví un corazón medio muerto, que cada cinco segundos sufría un débil espasmo en forma de latido.

Eché un vistazo a la enorme habitación. Debía ingeniármelas para atravesar aquel amasijo de tejidos podridos y recoger mi músculo vital.


Desde la puerta saqué un pie y lo apoyé en el primer hueco libre que acerté a divisar. El suelo estaba pegajoso, seguramente hacía mucho tiempo que nadie lo fregaba. Me pareció que sería mejor descalzarme. Apresuradamente, dejando mis pies desnudos, me introduje en aquel cuarto pestilente. Estaba cargado de olores mezclados que no acertaba a identificar. Algo así como una mezcla de sangre, vómitos ácidos y almíbar.

Hacía calor, demasiado calor. Pensé que sería mejor prescindir de la ropa que llevaba para manejarme de forma hábil, si podía, entre aquella vertiginosa crudeza. Me quedé desnuda y caminé ligera. De puntillas, sentía como la sangre me guiaba. Sangre seca por algunas zonas y algo fresca por otras. El silencio era ensordecedor. La luz entraba por una estrecha rendija colocada en lo alto de la pared, que dejaba la habitación en penumbra. Me introduje como una lagartija, hábil pero lenta, entre las ampollas de piel y sangre que inundaban el espacio aquel. No estaba nerviosa, respiraba al ritmo adecuado, sin miedo ni prisa, solamente repudiando aquel hedor. ¿Cuánto tiempo habría pasado aquel lugar escondido de la vista de los transeúntes?

Avancé sin detenerme, guardando el equilibrio. Entonces pude divisar mi objetivo. Enseguida lo recogería y nos iríamos de allí. Se acabaría aquel espectáculo de casquería despellejada, carne demasiado hecha y sueños trasnochados.

En un rincón descubrí una especie de hoz. Estaba manchada, sí, y muy usada. Probablemente la usaron todos ellos, como la usé yo…

Quedaba poco. Entre salto y salto, iba llegando a aquel corazón podrido de latir, que un día dejé abandonado en cuarentena. De pronto resbalé y caí sobre un montón de tripas envenenadas de color verde enfermizo. Me sacudí rápidamente toda aquella miseria ajena y me arrastre hacia la propia.

Por fín. Allí estaba aquel corazón de entonces… aún latía. Decidida, me avalancé a cogerlo. Nos vamos de aquí... Sentada, desnuda sobre un suelo bañado en miserias, alcé entre mis manos aquella reliquia y suspiré. Lo miré con los ojos encharcados en agua dulce, pero roja, y me derrumbé sobre mí misma, henchida de pena.

Entonces, conté hasta tres y me incorporé. Limpié con mis manos sucias aquel viejo corazón y lo metí en el mismo agujero vacío que aún atravesaba mi pecho.

Me levanté, sequé mis ojos y abandoné la habitación.