En ocasiones, llegar al epicentro de un alma es una tarea ardua, utópica e imposible. Se puede intentar, mas nunca se consigue del todo. El cuerpo es algo que llevamos “a cuestas” y siempre nos acompaña, pero el alma, el alma es otra cosa. Y cuando se repliega de puertas para adentro es inevitable que su ausencia se haga notar ante aquellos que esperan retroalimentación.
Construimos muros para quedarnos a solas. Y nos abstraemos de lugares en los que no queremos estar, bien porque nos incomodan, bien porque no nos suscitan el más mínimo interés, otras veces porque nos hacen daño. Por eso, hay casos en los que optamos por presentar el cuerpo y evadir el alma. Sin miradas indiscretas, dejando, en muchos casos, desorientados a los que intentan, desde fuera, contactar con nuestro verdadero “yo”. Es lo que se llama tener un gran mundo interior.

Todo lo que él era, tantos sus emociones puras y castas como las más inmorales y reprochables, se encontraban exentas de protección. Nicanor no tenía forma alguna de explicar al mundo que algunas de las cosas que sentía, tan mal vistas por la sociedad como estaban, eran sentidas por él inevitablemente y no había forma de reprimirlas. Pero Nicanor no tenía cuerpo que le limitara, por lo que no podía ocultar esos mundanales sentimientos de la vista de los demás, mediante muros de piel y hueso. Todo sentimiento que nacía en él, moriría inevitablemente, derramado en estado puro por el camino. Siempre, sin haber atravesado previamente ningún tipo de censura social.
Sin embargo, el Sr. Nicanor no podía hacer esto, pues era un alma dispersa, sin cuerpo ni materia que le limitase. Y, como todas las cosas que no tienen mucho sentido, despertó de golpe todo mi interés. Y por ser mujer de extremos fue que dediqué todo mi tiempo a observarle. Mi objetivo, lograr entender cómo podía este ser ambulante vivir expuesto ante los demás.
Ocurrió que, a pesar de su edad y de su forma de vida, comencé a sentirme atraída por lo único que veía de él, su esencia. Confiada en el éxito de aquella empresa, quise absorver toda su magia, acceder a su verdad. Anticipé que el aura que desprendía era tan sólo el resplandor de sus más profundos secretos. Pero el Sr. Nicanor no tenía secretos, pues todo lo daba. El Sr. Nicanor sólo tenía tesoros que nadie sabía descubrir.
Condenado a vivir sin tapujos, hacía ya tiempo que lo había aceptado. Pero una pequeña parte de su ser aún lamentaba, a su tardía edad, no haber descubierto en este mundo un sólo ser lo suficientemente atento como para apreciar su naturaleza.
Todo lo que él era, tantos sus emociones puras y castas como las más inmorales y reprochables, se encontraban exentas de protección. Nicanor no tenía forma alguna de explicar al mundo que algunas de las cosas que sentía, tan mal vistas por la sociedad como estaban, eran sentidas por él inevitablemente y no había forma de reprimirlas. Pero Nicanor no tenía cuerpo que le limitara, por lo que no podía ocultar esos mundanales sentimientos de la vista de los demás, mediante muros de piel y hueso. Todo sentimiento que nacía en él, moriría inevitablemente, derramado en estado puro por el camino. Siempre, sin haber atravesado previamente ningún tipo de censura social.
¿Cómo podía Nicanor vivir en tal estado de exhibición? ¿Acaso no tenía miedo? Esa fue la primera duda que me asaltó. El punto de partida de una inmensa curiosidad, que me mantuvo ojo avizor desde el día en que me cautivó su misterio. Pensé que observar bastaría. Sin embargo, de aquel creador de ilusiones, únicamente se apreciaba la tercera parte de lo que era. Su secreto era algo más que aquel resplandor que me embelesaba. La luz que desprendía cegaba al más pintado, dejando en segundo plano todos sus silencios, los que de verdad hablaban.
Nicanor no tenía miedo de lo que contaba, de lo que tenía miedo era de que nadie descubriera nunca todo cuánto es. Podía pasear con el alma al aire por las calles de la ciudad, desnudo, sin cuerpo, pues las miradas indiscretas no le inquietaban. La gente estaba ciega.
Hoy, su semblante aparece gris y trasnochado, después de infinitas sonrisas a medio usar. ¿Acaso está cansado de que nadie advierta cuanto es en realidad? ¿Es la edad lo que le ha arrebatado la esperanza o es la reciprocidad que no encontró? Puede que, a estas alturas, ya tenga el alma rota, quizás cosida, que todo lo que recogen sus escritos sea cierto o tan sólo fruto de su talento literario. No lo sé, pero cuando ayer dibujaba ilusiones en el aire de esa bendita manera, repasándolas con el humor ácido que le caracteriza, consiguió igualmente enloquecer mi propio alma. Hoy, se dedica a repasar con su luz, hecha de emociones puras, tristezas añejas teñidas de desazón. Sólo espero que las ganas de seguir vendiendo ilusiones le permitan seguir adelante. De la noche a la mañana el viento se le llevará lejos, y ahora que el tiempo confirma sus sospechas de soledad, sé que sólo entonces su alma estará a salvo.



