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- Nenita
- Procedente del absurdo, un buen día aterricé en este lugar defectuoso, donde me libero del yugo de la imaginación y de los sentidos. Advertencia: escribo con las tripas.
Sobre la autora
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Contáme...
...una historia
Vos que tenés labia,
contame una historia.
Metele con todo,
no te hagas rogar.
Frename este absurdo
girar en la noria
moliendo una cosa
que llaman "verdad"...
Contame una historia
distinta de todas,
un lindo balurdo
que invite a soñar.
Quitame esta mufa
de verme por dentro
y este olor a muerte
de mi soledad...
Contame una historia...
Mentime al oído
la fábula dulce de un mundo
querido, soñado y mejor...
Abrime una puerta
por donde se escape
la fiebre del alma
que huele a dolor...
Contame una historia
vos, que sos mi hermano,
volcame en la curda
que me haga sentir
que aunque el mundo siga
yirando a los tumbos,
aún vale la pena
jugarse y vivir...
Batime que existen
amigos derechos,
mujeres enteras
que saben querer.
Y tipos con tela
que se abren el pecho,
si ven que la vida
te puso en el riel...
Contame la justa
de un lecho de rosas.
¡Estoy tan cansado
de andar por andar!...
Contame una historia
con gusto a otra cosa,
y en la piel del alma
poneme un disfraz...
contame una historia.
Metele con todo,
no te hagas rogar.
Frename este absurdo
girar en la noria
moliendo una cosa
que llaman "verdad"...
Contame una historia
distinta de todas,
un lindo balurdo
que invite a soñar.
Quitame esta mufa
de verme por dentro
y este olor a muerte
de mi soledad...
Contame una historia...
Mentime al oído
la fábula dulce de un mundo
querido, soñado y mejor...
Abrime una puerta
por donde se escape
la fiebre del alma
que huele a dolor...
Contame una historia
vos, que sos mi hermano,
volcame en la curda
que me haga sentir
que aunque el mundo siga
yirando a los tumbos,
aún vale la pena
jugarse y vivir...
Batime que existen
amigos derechos,
mujeres enteras
que saben querer.
Y tipos con tela
que se abren el pecho,
si ven que la vida
te puso en el riel...
Contame la justa
de un lecho de rosas.
¡Estoy tan cansado
de andar por andar!...
Contame una historia
con gusto a otra cosa,
y en la piel del alma
poneme un disfraz...
A mí me gustaría que un rayo de luz nos iluminara. Quisiera que cada uno de aquellos momentos no hubieran de caer en saco roto. Me refiero a todas las veces que he soñado contigo y a todos los momentos que hemos compartido. Aguardaba todos los días a que llegara la noche para poderte tocar. Dibujaba tu rostro con tiza de colores en papel de cuadros y colgaba los dibujos uno a uno por las paredes del dormitorio. Así me sentía menos sola...
Luego llegaste un día sin cita ni preaviso de tu viaje y no supe cómo reaccionar, después de tanto tiempo esperando… No sabía de dónde venías ni por qué no llegaste antes, pero eras tal y como yo había imaginado. Empecé a sentir sensaciones extrañas otra vez... ¿Tú no te irás, verdad?
Menos mal que has vuelto. Pensé que no regresarías jamás.
Dedicado al amor que viene y se va encarnándose cada vez en un cuerpo distinto, sin importar que sea diferente al anterior, pues siempre le vemos con los mismos ojos, los del enamoramiento.
Esas manzanas están demasiado maduras, ya se lo dije. Pero allí son de comerse las piezas cuando están verdes, antes de que se compliquen las cosas...
Hoy me gustaría contarles que no lo hicimos del todo bien. Me gustaría poder describirles cómo se siente una mosca en una tela de araña, o cómo es el día a día en la selva. Pero no lo haré bien, al menos no hoy, después de tanto ajetreo de idas y venidas...
Lo máximo que puedo hacer es contarles que aunque esté sentada en esta silla de cartón por los días y también por las noches, el sol sigue saliendo y poniéndose ahí fuera, siempre detrás de la ventana. Todos los días miro por el agujero de mi ombligo y todo sigue igual, nada cambia. Lo sé, pero no todos enseñan la barriga. Los ombligos ajenos llevan un tapón de corcho. Yo lo llevo también, pero lo quito cuando quiero.
Las máscaras se caen a pedazos, pero siempre a solas. Lo máximo a lo que aspiro es a verles venir de lejos y suponer. Todo se reduce a suponer. Debiéramos moderar estos usos. Los ojos siempre lagrimean. La boca vomita o escupe. Prefiero verles llorar, pero no me importaría, si de guiarme se trata, cualquiera de las demás. Lo que sea que tenga que salir de nuestras heridas, saldrá. Al final siempre sale todo por los ojos o por la boca. Pero esto no siempre ocurre en presencia de tí o de mí, por lo que en la mayoría de los casos no nos enteramos de nada. Y todo vuelve hacia atrás.
Las máscaras se caen a pedazos, pero siempre a solas. Lo máximo a lo que aspiro es a verles venir de lejos y suponer. Todo se reduce a suponer. Debiéramos moderar estos usos. Los ojos siempre lagrimean. La boca vomita o escupe. Prefiero verles llorar, pero no me importaría, si de guiarme se trata, cualquiera de las demás. Lo que sea que tenga que salir de nuestras heridas, saldrá. Al final siempre sale todo por los ojos o por la boca. Pero esto no siempre ocurre en presencia de tí o de mí, por lo que en la mayoría de los casos no nos enteramos de nada. Y todo vuelve hacia atrás.
El domingo primero de aquel mes bisiesto me olvidé de un cumpleaños importante y el día de navidad no visité a un ser querido. Cuando el trato sólo tiene lugar en casos extremos, a uno se le olvida en qué parte de la historia se pusó el pause y dónde diablos se situaba aquel sujeto que no volvimos a ver nunca más. Cuando llegan condiciones extremas de viento huracanado, uno ya no tiene presente de qué lazos estábamos hablando y termina por actuar como si de un individuo más se tratara, sin llevar a cabo, en ocasiones, los trámites necesarios para una mantenida hipocresía social.
A veces las burbujas ofrecen una resistencia espectacular. Tendemos a creer que se rompen con un chasquido de dedos, pero en ocasiones no es verdad. Hay que tener cuidado con esto. Las burbujas son variopintas, pero ninguna como esas que se crean por necesidad. Son las más peligrosas. Uno la refuerza día tras día, casi sin darse cuenta, con fuertes ideas proteccionistas y cuando vuelve a amanecer después de mil años, es un hecho patente que la burbuja ya no estallará. Si quieren pueden pensar en muros por derribar, al fin y al cabo, la idea es la misma.
Se encerraron en una cuevecita solitaria perdida en el monte. Sólo querían estar solos, despedirse de la ciudad y de sus agobios, de los humos, de la contaminación. Pasaron los meses y los años y no salieron de ella nunca más. La gente que les echaba en falta, desde la ciudad, elucubraba acerca del paradero de los dos desaparecidos. Ni la policía ni ellos, llegaron a saber nunca nada más. Lejos de todo aquello, sólo la lluvia que humedecía la cueva les afectaba. Un día, más tarde que pronto, se aburrieron de la soledad y les dio por salir. No hubo vuelta atrás. El mundo había desaparecido.
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Sus pies estaban tan enraizados en la moqueta gris de la acera que ya no podía sacarlos. No llevaba mucho tiempo en ella, en la acera, pero sí en la ciudad. Se llamaba la ciudad Salvaje. Ella se había quedado dormida sobre sus propios pies hacía ya veinte años, pero la ciudad no había dejado de crecer. Mientras, sin saberlo siquiera, había ejercido de posada para los pajarillos que en aquella ciudad se hacían llamar cuervos.
La vegetación había crecido demasiado. Se presentaba frondosa antes sus ojos bizcos de tanto mirar. Se daba cuenta de que las raíces de los árboles eran mucho más profundas que las suyas y algunas se enredaban con sus pies bajo tierra. Algo no había marchado bien.
Los edificios construidos con dedicación o sin ella, durante este largo tiempo, apenas se apreciaban entre tanto vegetal. Pero lo más importante, lo que sostenía en pie esta ciudad, era la naturaleza salvaje de su fauna. Los monos asilvestrados saltaban por encima de las cabezas que hiciera falta, los elefantes sin trompa presumían ante los que sí la tenían, los cocodrilos ahora te avisaban de que eras su cena y las panteras predominaban por estar predispuestas a cualquier cosa a cambio de defender su territorio. Sólo había un factor común: todos eran salvajes.
La acera se hizo chocolate gris. Sacó los pies. Después de tanto. Salió corriendo ladera abajo con el grito puesto en el cielo y los dedos inflados en forma de globos. Ya no sabía respirar. Las lagrimas habían corrido como ríos la noche anterior. Hoy, lo que corría eran una tremenda furia envenenada. La única cabaña de indios que aún quedaba en la ciudad le había tomado por el pito del sereno y le había despertado de su letargo. Después de tantos años dormida pudo despertar, y lo más importante, correr. No le gusto la sensación del despertar y se sintió peor. Vio que no quedaba nadie que no fuera salvaje. Sólo ella que había permanecido congelada y ahora, por culpa de ellos, ahora...
Quizás fue culpa mía -pensó.

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