La extinción

¿Habrá dejado acaso de importarnos la gloria?

20:43

Resaca galopante 3

Publicado por Nenita



Primera parte aquí

Cerró la puerta sigilosamente y se hizo por unos minutos un silencio ensordecedor. Comencé a observar el pequeño salón en el que me encontraba, sentada en un sofá que no resultaba demasiado cómodo. Las paredes blancas y agrietadas estaban desprovistas de cualquier adorno, léase cuadro, marco de fotos, póster o similar. Una mesa camilla y un televisor pequeño, junto al extraño sofá, llenaban aquel espacio.



El hedor se hacía insoportable, juraría que había vivido aquello antes... No quería hacerlo, no quería tener que leerle la ley, desproveerle de su humilde casa, ni quitarle a ese hombre su vida, sabiendo los escasos medios con los que subsistía. Sin embargo, en el fondo, yo sabía que algo estaba pasando en el domicilio de aquel hombre.

Una entrecortada respiración comenzó a perturbar aquella calma. Tras la negativa de la vecina -no por falta de cervezas, sino por rechazo a un ser marginal que le había dado más de un problema desde que llegó al barrio- el inquilino se quedó paralizado tras la puerta, apoyado unos minutos en silencio, tras aquel suave portazo. Después volvió al salón.

-Perdone la tardanza- apareció de pronto.
-¿Dónde estaba? ¿de dónde viene? ¿Por qué me ha dejado sola? No le he oído entrar- balbuceé.

-La vecina no tiene cerveza, yo tampoco. ¿Quiere un vaso de agua? - me preguntó.
- ¡Claro! ¿De verdad cree que bebo cerveza mientras trabajo? Además, ¿qué diantre hace un alcohólico bebiendo cerveza?
-Por eso soy alcohólico ¿no cree?

Un silencio incómodo se hizo entre los dos.
El hombre se dirigió a la cocina y regresó con agua del grifo para mí, sin traer nada para él.

-¿Usted no bebe?
-¿Qué hace un alcohólico bebiendo agua? - espetó.

Lo cierto es que me había desplazado hasta allí para comunicarle a aquel hombre que los vecinos habían denunciado un olor insoportable en el edificio, por lo que tendría que abandonarlo para que la policía iniciase una investigación. Ahora, yo misma lo estaba sufriendo, pero había algo más importante que hacer allí. Había algo en él, que me invitaba a saber muchas cosas.

-¿Cómo ha llegado a esto?
-¿Perdóneme, señora mía?
-Sí, que ¿cómo ha llegado usted a esta situación? ¿Tiene usted familia, hijos, quizás amigos?
-¿Cómo?
-¿Alguien que le quiera de verdad? ¿Sabe usted lo que es el cariño?¿Qué le hace pensar que tiene que pagar para estar con una mujer?
-¿A qué viene todo esto, señorita? Creí que era usted asistente social, no una impertinente psicóloga. ¿Acaso pretende algo?- dijo el hombre haciendo un amago de levantarse del sofá con indignación y nerviosismo.

Le cogí de la mano, en un intento de pedirle que se quedara a mi lado. Pegó un respingo, obviamente no estaba muy acostumbrado a muestras de afecto, cariño o cordialidad. Se volvió a sentar sin mirarme a la cara y se quedó en silencio observando el televisor apagado sin decir nada más al respecto.

-¿Por qué empezó a beber?
-La cerveza es lo único que no me abandona, ¿qué tiene de malo?
-¿A qué dedica su tiempo?
-Mi tiempo se terminó hace mucho ya, señorita... usted ni siquiera habría nacido.
-¿A qué se refiere?
-A que las oportunidades se truncan… y, es cierto, se me da bien el balonmano, pero ni eso ni las mujeres ni los compañeros de rutina, ni siquiera usted, pueden devolverme la esperanza.
-¿La esperanza de qué?
-De volver a ser quien fui. Cuando somos jóvenes creemos que el mundo está a nuestro pies, pero no es así, querida. No es así. ¿Sabe usted por qué no es así? Porque la vida es una farsa. Nos educan con cuentos de hadas, con insultantes fábulas de buenos y malos, con catecismos que nos enseñan una falsa moral. ¿Y sabe qué? que cuando a uno no le queda ya nada más que perder, pierde el miedo a todo. Y cuando digo a todo, es a todo.

Me quedé callada mirándole fijamente sin saber muy bien qué decir o si preguntarle más a fondo sobre su situación. Me encontraba a estas alturas en un terreno totalmente desconocido. A pesar de mis años ejerciendo como asistente social, no sabía muy bien como manejarme con él.

-¿Por qué me cuenta esto?
-Coño, ¿acaso no ha preguntado?- inquirió.
-Sí, aún así, ¿porque me lo cuenta?
-¿Acaso cree que tengo a alguien más a quien contárselo?
Se hizo un silencio brusco.

Me fijé en su pelo medio cano y en su piel curtida, muy curtida. De pronto se giró y, sin quererlo, chocó con mi mirada. La aparté enseguida. Me sonrojé. Se perdió en mis ojos sin quererlo. Los tenía hundidos pero grandes, unas cejas bien pobladas los protegían y unas arrugas cansadas los cubrían de desazón. Yo también me perdí. Sentí vértigo. Durante un instante me identifiqué con él, le entendí, le sentí. A pesar de su aspecto brusco y desentendido, tenía adentro tanta humanidad… Una humanidad frustrada, muy frustrada, reprimida, destrozada, hecha añicos a base de “ostias”, como él decía.

Dubitativa, alargué mi mano y la posé sobre la suya. Esta vez no la rechazó. Entre aquel olor a mala vida y a muerte, la distancia entre nuestras caras se acortó demasiado. Noté su respiración alcoholizada. No se movía, estaba paralizado. Rocé sus labios con los míos, mientras acariciaba su cara. Sshh… no se preocupe, enséñeme eso tan importante que tiene escondido.

Se levantó del sofá sin dudar, me miró a los ojos. Cualquier alma un tanto receptiva hubiera podido bucear en el negro océano de su mirada. Me tendió la mano, me levanté.
No se asuste, querida. Observe.

Sin miedo abrió el sofá cama que estaba a punto de reventar, y ahhhh, de golpe salió despedido un cuerpo casi interte, amordazado y mudo por el esparadrapo en su boca que le imposibilitaba el habla.

-¡¡Por Dios!! - grité asustada.

Él me tapó la boca con la mano rápidamente para evitar que nadie nos escuchara y me sentó en la única silla que había en aquel salón.
No se preocupe- me susurró al oído. Esto es lo que le tenía que enseñar... ¡Mire!

Me calmé. Retiró la mano de mi boca. Me dejó su olor... Desató al medio muerto secuestrado y le quitó el esparadrapo de la boca. Le giró y le sentó en el suelo. Le retiró el flequillo enmarañado de la cara y volvió a repertirme "¡Mire!".

Me quedé paralizada. ¿Pero qué…? No estaba muerto, ¡era él! ¡era él!!

-Ya no me sirve de nada. No hacía más que molestar cuando decidí quitármele de encima.
Por un momento me pareció verle como por duplicado, quizás tuviera un hermano gemelo. Pero, ¿por qué hacerle aquello?

-No es mi hermano gemelo, si es lo que está pensando... Es tan sólo una parte de mí que murió hace mucho tiempo, cuando perdí la esperanza. Pensé en deshacerme de él, pero no he tenido valor hasta ahora. Pensé que acabaría muriendo de esta manera, abandonado a su suerte sin alimento, sin atención... No había vuelto a mirarle de frente desde entonces. Pensé que ya estaría muerto, pero no muere, nenita. No muere.

-¿Pero por qué? ¿Por qué lo hizo?
-Es un ingenuo…