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Procedente del absurdo, un buen día aterricé en este lugar defectuoso, donde me libero del yugo de la imaginación y de los sentidos. Advertencia: escribo con las tripas.
Vos que tenés labia, contame una historia. Metele con todo, no te hagas rogar. Frename este absurdo girar en la noria moliendo una cosa que llaman "verdad"... Contame una historia distinta de todas, un lindo balurdo que invite a soñar. Quitame esta mufa de verme por dentro y este olor a muerte de mi soledad... Contame una historia... Mentime al oído la fábula dulce de un mundo querido, soñado y mejor... Abrime una puerta por donde se escape la fiebre del alma que huele a dolor... Contame una historia vos, que sos mi hermano, volcame en la curda que me haga sentir que aunque el mundo siga yirando a los tumbos, aún vale la pena jugarse y vivir... Batime que existen amigos derechos, mujeres enteras que saben querer. Y tipos con tela que se abren el pecho, si ven que la vida te puso en el riel... Contame la justa de un lecho de rosas. ¡Estoy tan cansado de andar por andar!... Contame una historia con gusto a otra cosa, y en la piel del alma poneme un disfraz...
Estaban en aquella habitación con los dientes apretados y las camisas remangadas y me temí lo peor. Afortunadamente, la tormenta ya había pasado. Sin embargo yo pensé que estaban en mitad de la acción y me metí en el fregao. A veces me encuentro a mí misma como un niño crío, llevándome fichas de parchís a la boca con una inconsciencia no apta para mi edad. Otras veces, voy caminando por la calle pensando en burros con alas o causas justas y piso sobre hollo destapado con una facilidad inaudita. Ahora bien, al día siguiente cuando salgo a pasear, siempre procuro mirar al suelo y asegurarme de que las alcantarillas no sigan destapadas… Pero bueno, los errores son parte de la vida. Y a veces quien menos te lo esperas acaba dándote una buena lección. Soy la primera en reconocer mis defectos, creo que está claro... Aún así, me fustigo una y otra vez, porque éstas no son horas de restregarse en el barro… debí haberlo aprendido antes. Pero nada, que las piedras del camino son muchas, y últimamente estoy muy despistada. En realidad, siempre lo estuve. Y es que lo que no puedo es ponerme el hato de predicador y actuar como tal. Tengo que controlar mis impulsos y que esta sopa de letra que se cuece en mis tripas no salga sin un mínimo orden a ensuciar casas ajenas. Por eso, cuando en aquel salón lo confundí todo y las nauseas me hicieron vomitar mis defectos encima de su sofá recién tapizado, no pude menos que sentir una vergüenza bochornosa. Presenté mis disculpas, pero aún hoy me siento responsable por haber criticado de forma deliberada aquello que ni yo misma pude controlar. Y es que esta impulsividad me tiene frita. Y aunque es cierto que hay errores y errores, yo me preocuparé de los míos, que los demás ya tienen quien los guarde.
Públicamente autoreprendida
En otro orden de cosas, ya estaba harta de estar de espaldas...
Me dolió. Si ella no confía en mí me duele. Es lógico y normal. Cuando en la cena dijo que no tenía un recuerdo grato, las palabras se atropellaron desprevenidas en mi lengua, decidiendo que era mejor no salir. Así, dieron media vuelta regresando por donde habían venido. Y al tragar saliva, el estupor se hizo sentir. Mis ojos se desviaron hacia la derecha. Yo tenía otra opinión…
Vinieron todos. Iban a festejar el número de pasos que dio, ¡qué estupidez!, tal vez si le trajeran otros tantos empaquetados de repuesto… La abuela preparó un gran asado. También estaba la tía abuela, que no hacía más que pasar sus manos arrugadas por encima de la cabellera de la joven. Está enamorada de ella y todos lo sabemos. Mientras tanto, la mona presume y me mira de reojo diciéndome con sus ojos saltones que éste es su territorio. Siempre luce una mirada revenida y esquiva que tiene de todo menos transparencia y no me deja vislumbrar más de una cuarta parte de lo que esconde. Alardea del cariño robado, no le importa haber llegado hasta la cima usando como taburete cualquier corazón grande y sin fuerzas, que haya encontrado en el camino. No le importa de quién sea la sangre, no le importa abusar ni ser una sabandija. Ha escalado posiciones, muchas ya, y seguirá haciéndolo mientras el resto siga embobado, sin alguien que les pegue un buen pescozón para que espabilen. Pero nadie va a dárselo, porque la única que podría hacerlo soy yo. Y desde luego, no lo haré. Las batallas infantiles y sin ningún tipo de moral me quedan muy grandes. Hace tiempo ya que la dejé sola luchando en mitad de la niebla. Ahora está metida en un cuarto con focos y luces. La pueden ver desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche en la avenida Duelo nº7. Entremedias no, porque duerme. No sé si les recibirá, pero si dicen que están de su parte les abrirá la puerta sin ningún reparo. Es así. Y allí, ¿qué hace? Practica, maneja, piensa la jugada. Se sitúa en el medio de la pista con un florete de esgrima y se enfrenta al viento. Mueve la espada de un lado a otro. Antes luchaba contra mí, pero desde que me fui, sigue luchando contra mi sombra, asegurándole a todos que ésta también le amenaza. Cuando sale del cuarto y viene a la pensión a dormir, todas sus ropas huelen a prepotencia y a miedo. Y su cabello suelta un negro desteñido, que va chorreando por el pasillo hasta llegar a su habitación, dejando un reguero de color pez que a nadie pasaría inadvertido. Pero la abuela no ve bien y la quiere. Y cuando friega los suelos con lejía y frota una y otra vez su negro desteñido, no piensa que sea rencor y ganas de revancha, piensa que son los zapatos que trae manchados de la calle, pues estuvo todo el día recorriendo la ciudad. Para ella siempre fue de buen corazón y lo seguirá siendo.
Y cuando por la mañana suena el despertador y se levanta de un golpe para desayunar con la tía Marga, sale con un pijama de raso agujereado a la altura de las tripas de tanto rumiar y rumiar, en sueños, emociones mal digeridas. La tía le dice “tapaté” ofreciéndole una bata de color amarillo, pero a ella no le gusta y la tira al contenedor de la cocina. Pero la tía no se ofende, a pesar de que era su bata nueva, porque ella enseguida le da un beso en la coronilla y la hipnotiza con tostadas y café.
En el fondo, ella no hace más que suplir carencias. Lo sabe y yo también lo sé. Por eso sigue entrenando a diario, por si un día hay que batirse en duelo. Pero lo que no entiende es que yo abandoné mi lugar porque no lo quería y no voy a volver a por él. Y esto es así porque cuando los precios de un afecto pasan por comprar los corazones, prefiero quedarme en la cama leyendo el periódico y levantarme un poco más tarde, cuando el trabajo sucio ya está hecho. Más que nada, porque yo no lo iba a hacer y como ella lo hará de todas las maneras, prefiero no verlo. Quizás los ojos se te han puesto tan negros por tantas veces que se dan la vuelta, volcándose hacia tu interior, dejándoles ver cuánta mierda se cuece dentro.
Los ratoncillos de la pensión se esconden y salen cuando no hay nadie a roer quesos ajenos. Los gatos siempre están en los alrededores acechando, pero ella se ha hecho amiga de ellos, como de todos. Mientras tanto, yo me hago enemiga de aquellos que ponen la mejilla torcida, esbozando la gran sonrisa y riéndose de perfil. Nunca delatan su otra mitad, y te besan a modo de Judas. Porque lo único que importa es conservar el lugar, a costa de lo que sea, caiga quien caiga y valga lo que valga. Con todo ello, unos por otros, la casa está sin barrer, los lazos desatados y nuestros corazones tan tan lejos...
No la conocen, por aquí no la conocen, sólo yo... Perdonen el laísmo.
Reunidos se hayaban todos donde habitan las musarañas. Todos se miraban o se esquivaban, algunos compartían secretos, como lo hice yo. A la hora en que canta el gallo, las ganas aguardan agazapadas a una nueva ilusión, sí... Las dos chicas de las antenas sirven hoy de espejo. Ví lo que un día fui. Pero ya no lo soy. Reían y compartían historias llenas de ilusión. Jugaban a las casitas de muñecas mientras presumían de carmín rojo en los labios. Se sorprenderían, si después de aquella tarde en la comuna de los iguales, supieran que la mujer de la cara impasible les refleja en sus escritos.
Creer que aquello que contaban sobre las sonrisas se fuera a materializar en tan poco tiempo no estaba previsto. Al menos, no esperaba sentirlo en mis carnes hoy, ni mañana... no tuve que hacerlo, simplemente llegó. Mucho menos creí que ellas vinieran en nombre del tiempo a advertirme de mis descuidos. Ellas no piensan, son bellas, pero no lo saben. Aún. Sentí envidia, incluso celos. Reconozco que las miré, las miré curiosa mientras exponían ante todos aquello de lo que carezco, aquello que no tengo, lo que perdí.
Todos aquellos chicos también leen el libro grande. Aún no han llegado a la página donde acontecen las heridas, los cambios, el no poder hacer nada. Aún permanecen felices y quizás lo hagan siempre, quizás sólo yo perdí mis muletas, mi talismán, mis tesoros. Da gusto observarles entre los matojos, y a veces incluso a cara descubierta, revoltosos y derrochando la luz de los primeros, quizás segundos, despertares. Ellos admiran una columna sólida, se quedan embobados, creen que es fuerte y quieren ser como ella. La miran y la remiran aspirando a llegar, algún día, a adquirir su firmeza, a no tambalearse, a llegar a la cumbre, una vez consumido el tiempo necesario que aún les falta para realizar los sueños. Yo sin embargo, les envidio a ellos... por su frescura, que es efímera. Aunque ellos no lo saben todavía, y a mí me gustaría advertírselo, pero de nada serviría.
Más adelante, cuando detrás de la ventana y desde un séptimo piso, me asomo discreta a la fiesta de los pavos reales, me quiero unir a ellos, pero quizás la carne ya no esté tan tierna.
Me llama para llevarme con ella, descuidada y feliz, segura y cándida, no tiene miedo. Gracias a ella nos esperan, y es una buena baza, no debe desaprovecharla, creo que es consciente, tomó conciencia al fin. Alguién creyó que lo haría tarde, cuando todos le llevaran una gran ventaja quizás, demasiada como para no dejarla atrás, pero nadie lo hizo sin embargo… nadie la dejó atrás. Quizás ella corrió, quizás corrió con todas sus fuerzas, aunque nadie lo vió.
Por un momento quise desprender su luz, pero sobre todo atraer la de los demás, la de todos aquello que le aguardaron fieles. A pesar de todo, a pesar de la desventaja, de los pormenores, la esperaron. A los que no corren nunca, nunca les esperan y quizás fue que ni siquiera siendo nosotros los que esperamos nos dignamos a hacer un alto en el camino... y aguardar a los que se quedaron atrás. Quizás, aún hoy, sigamos sin hacerlo. No sé cuál fue la razón, pero nada ha salido como esperábamos. Yo me fui y ellos, aún, se quedaron juntos, a la salida, todos juntos... Y pronto se reunirán de nuevo...
Llegué a casa, y cuando el Sol se puso, soñé con todas aquellas pérdidas. Hacía mucho tiempo que no estaba con ellas, quizás me apetecía verlas, quizás, a pesar de sus defectos... Vinieron a recordarme que las perdí, pero también que no fui la única culpable y que aunque se hubieran quedado no hubiera sido lo mismo. El acople siempre fue bastante defectuoso, no como ellos… pero lo importante es que vuelven. Y sufro en mi delirio y ya no sé si lamento haberlas perdido a ellas, a ellos, a todos…, ya no sé si a cambio de la impermeabilidad mereció la pena, porque a pesar de las firmes creencias y de que hoy me siento segura, sigo siendo débil y vulnerable. Pero ellos creen que escondo algo y que derrocho autosuficiencia, creen que tengo glamour. Pero no lo tengo ni les tengo, quizás nunca les tuve. A ellos no, quizás a otros, no eran los mismos... quizás acaben igual, quizás no. Pero se dispersaron... todos se dispersaron, y hoy me sentí sola.