La extinción

¿Habrá dejado acaso de importarnos la gloria?

2:28

Cosas de la cajita de las llaves...

Publicado por Nenita





































Al menos las ordené un poco...








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1:30

El malabarista

Publicado por Nenita

Llegué al circo como equilibrista y poco a poco voy ampliando mis capacidades. Ahora me incluyo también en la categoría de acróbata y, si me apuras, la de pseudomalabarista. Hay muchas mujeres barbudas, a pesar de ello son guapas, porque les tiñen la barba de rosa y parecen más femeninas. Aunque no dejan de ser ridículas, en mi opinión. Yo directamente decidí afeitármela, y después del mal trago de no saber si me despedirían, me quedé. Sin necesidad de ser perro faldero, me quedé en el circo. De todas formas, los hombres se dejan llevar igual... aunque a la hora de la verdad prefieran una mujer imberbe. Lo que me preocupa es que abundan los disfraces autoimpuestos, precisamente en las susodichas imberbes. Una de ellas va con zancos, estos palos altos sobre los que se sube uno en las cabalgatas y ferias para caminar junto a los cabezudos. Ella lo emplea para ganar altura y ver las posibilidades por encima de los demás. Lo que ocurre es que el disfraz que le cubre es demasiado transparente y se ve a la legua que es zancuda, por lo que pierde toda la gracia, no sólo ante los niños sino también ante sus compañeros de circo. Tan pronto mide tres metros como uno y medio, y esto me parece sospechoso ¿no deberían llamarle la atención? ¿acaso no la han contratado para ser zancuda? Probablemente su cara de mona le permita ser pluriempleada y desempeñar otras tareas beneficiosas para el circo, sin que nadie le diga nada.

Así, cada una en lo suyo, creo que, dentro del género femenino, aparte de las demás acróbatas, las payasas y las barbudas color espinete, las mujeres que más fuerza confieren al circo somos precisamente la zancuda a la vez que mona, de procedencia latina y yo, equilibrista y acróbata, del este europeo.

Desde el punto de vista masculino, existen destacados empleados circenses: el domador de leones... Es un argentino con una labia increíble. Es capaz de domar a las fieras más salvajes del circo con una facilidad pasmosa. Su melodía es encantadora, duerme tus sentidos sin que te des cuenta y permite que te regodees en sus palabras aunque no creas, en ocasiones, ni una sola palabra de lo que dice. Pero sí, es ducho, y sabe cómo llegar a ti y convencerte. En un primer momento desconfié de su amabilidad, no acababa de empezar la función y ya me estaba llevando a casa montada en un león drogado por las calles empedradas de la ciudad. Yo le agradecí y luego me fui andando. Más tarde vi que lo hacía con todas a cara descubierta y me quedé más tranquila. Más que nada porque no era una estrategia, sólo su personalidad.


Pero a mí el que me interesa es el malabarista. Es muy profesional. Sabe hacer malabares como nadie: un día me da la mano y otro me quita hasta el saludo. El primer día que coincidimos me sentí familiarizada con su aspecto del este, aunque resultó ser más del oeste que ninguno, pero igualmente lechoso. Tenía un aire distante, como si viviera en un mundo aparte o al menos en su grupo reducido de amigos-colegas. Se me ocurrió decirle que me resultaba familiar,creo que esa fue la primera toma de contacto. Esbozó una media sonrisa y me habló de su oficio. Es un tipo serio y amable a la vez, un ser extraño. Más tarde, mientras le tocaba actuar al faquir, vino a sentarse a mi lado, en el camerino, para preguntarme por mis creencias y mi forma de vivir. Me resultó extraño que una persona tan sumergida en sí misma tomara la iniciativa de hablar conmigo. A partir de ahí, el malabarista misterioso despertó mi interés. Pero yo soy equilibrista, no lo olviden, y la idea de equilibrio me acompaña siempre, dentro y fuera. En aquella conversación, el malabarista pareció relajarse a mi lado, me contó sus diferencias con otros compañeros y, lo más importante, se rió conmigo. También me tocó con sus manos entre ja y ja. Hay personas que lo hacen sí, te tocan un brazo, una pierna a la mínima ocasión. Yo también me encuentro en ese grupo.
Al día siguiente, cuando yo bajaba por las escaleras detrás de él, me vió con los ojos que lleva en la nunca y enseguida se giró para saludarme. Pude apreciar cómo aquel ser peculiar no era tan serio ni tan frío como aparentaba. Más bien al contrario, era cercano. Ocurre, sin embargo, que a la mínima ocasión se reconvierte de nuevo a hombre de piedra y nada puede hacerle sonreír. Supongo yo que esto no tiene nada que ver con su trabajo, aunque quizás tantos malabares requieran un grado especial de concentración, hasta fuera del escenario, no lo sé.
Hemos hecho algunos números juntos. Ayer, cuando entró en escena el mago y a mí me correspondía la esquina B, no hacía más que mirar de reojo. Como pasaba cerca, improvisó un número en el que yo cogía una de sus pelotas, malabares, por supuesto. Menos mal que anduve rápida. El caso es que después de dos días, ese interés que se ha creado en mí hacia él, se ha visto truncado por dos cosas: un cambio de actitud en el malabarista, que rehuye mi mirada y se aleja de mí a las 11:10, mientras ya me está mirando de reojo a las 11:20; y la zancuda latina que desde su mirador le ha echado el ojo al occidental mientras se toquetea el pelo y me vigila de lejos.

Únicamente me pregunto el por qué de esta desorientación. El malabarista sabe en qué lugar del escenario me hayo en cada momento. Sale a mi encuentro, me tira las pelotas sin estar en el planning. Me sonrié y mañana me huye con seriedad. Esquiva mis miradas, luego las busca. Me toca, y a la siguiente parada se aleja de mí. Se pone en la otra esquina, de espaldas y con una venda en la cabeza que le tape hasta los ojos de la nunca. Y cuando yo siento que molesto y decido dejarle en paz con sus pelotas, se quita la venda corriendo y me vuelve a buscar. Entonces me encuentra, con el hombre bala y el faquir, hablando de los payasos y se ríe de lejos, como compruebo cuando levanto la vista y le encuentro. Mientras tanto, la zancuda se encuentra parada en la esquina C del circo, vigilándolo todo. Está esperando su momento para intervenir. Ya lo hizo esta mañana, me pilló de sorpresa. Creo que presenció el juego del malabarista para conmigo. Me parece que ella también quiere malabares. Ahora observa. Yo también lo hago. A ella se le nota, a mí no. Al menos para con él. Somos opuestas en la forma y en el fondo, pero potentes en ambos casos. El malabarista es raro, me dijo que quería verme desnuda, eso no es timidez. Era un camerino común. Abrió unas comillas y se escudó en la broma.

Actualmente es muy serio, huye de mí. Pero sé que mañana, qué digo mañana, dentro de un rato, volverá a mirarme de lejos y a tirarme las pelotas de improviso, desde el otro extremo del escenario en su número de malabares. No sé si lograré cogerlas, tampoco sé qué quiere de mí.

Confusamente,



2:07

Salvarse en tus ojos

Publicado por Nenita

Sólo pude sentir una especie de desprecio, afilado como las garras de un aguilucho, haciéndome presa de la incomodidad y la decepción. Sí, así fue. Y no hace más que unas horas de ello. Nada ocurrió cuando en la mañana esas dos mocosas de vestido de flores hacían de payaso en la feria. Tampoco cuando la jirafa de manchas marrones comía hierba del jardín del vecino, porque estaba más rica que la suya. Aunque lo hacía de una forma totalmente apaciguada, saben? Fue uno de los pocos espectáculos leales de toda la mañana, a pesar del allanamiento de morada. Pero es que a la jirafa no le gustaba su hierba… al menos no lo ocultó.


Y sí, fue la tranquilidad precisamente lo que hoy vino a salvarme de tanta hipocresía. Creí que no podría hacerlo, que no podría atravesar andando por un suelo tan ardiente como aquel y no abrasarme los pies, aún pasando de puntillas. Y la tranquilidad, no la mía sino la de él, una tranquilidad azul cielo, fue la que me cogió en volandas y me arrastró de aquel lugar tan contaminado. Lo hizo con su mirada tranquila y enigmática que invitaba a confiar esta vez. Sus ojos decían que había conectado conmigo, que me sentía cerca. Del mismo modo que otras personas se encargaban de transmitirme justamente lo contrario, a la misma hora y en el mismo lugar.Pero sí, sin duda,el aire de niño distraído es encantador. Esa manera sutil de hacerme saber que algo empezaba a marchar después de tantas horas. Algo que invitaba a escapar de ese ambiente ensimismado y ególatra.


Y apareciste callado por los pasillos blancos, tan largos y pesados... Me gustan tus ojos. Y me colgué de tu paz, de tu ir más allá, de ese giro de ciento ochenta grados que le diste a esa atmósfera narcisista, exhausta ya, pero taladrante. Y me insuflaste un chute de paz y adrenalina. Y viniste a sacarme del fango de la hipocresía y el miedo que inundaba aquella competición. Y me tendiste una mano para reunirme contigo a pensar, a salvo del mundanal ruido de la superficialidad. Y lo curioso es que todo lo hiciste con la belleza de tus ojos azul cielo. Pero fue a otro nivel... más allá.