La extinción

¿Habrá dejado acaso de importarnos la gloria?

23:27

Teoría

Publicado por Nenita


¿Cómo se vence a un tramposo sin hacer trampa?






A mí me gustaría que un rayo de luz nos iluminara. Quisiera que cada uno de aquellos momentos no hubieran de caer en saco roto. Me refiero a todas las veces que he soñado contigo y a todos los momentos que hemos compartido. Aguardaba todos los días a que llegara la noche para poderte tocar. Dibujaba tu rostro con tiza de colores en papel de cuadros y colgaba los dibujos uno a uno por las paredes del dormitorio. Así me sentía menos sola...


Luego llegaste un día sin cita ni preaviso de tu viaje y no supe cómo reaccionar, después de tanto tiempo esperando… No sabía de dónde venías ni por qué no llegaste antes, pero eras tal y como yo había imaginado. Empecé a sentir sensaciones extrañas otra vez... ¿Tú no te irás, verdad?



Menos mal que has vuelto. Pensé que no regresarías jamás.



Dedicado al amor que viene y se va encarnándose cada vez en un cuerpo distinto, sin importar que sea diferente al anterior, pues siempre le vemos con los mismos ojos, los del enamoramiento.





free music

22:22

No Return

Publicado por Nenita


Esas manzanas están demasiado maduras, ya se lo dije. Pero allí son de comerse las piezas cuando están verdes, antes de que se compliquen las cosas...

Hoy me gustaría contarles que no lo hicimos del todo bien. Me gustaría poder describirles cómo se siente una mosca en una tela de araña, o cómo es el día a día en la selva. Pero no lo haré bien, al menos no hoy, después de tanto ajetreo de idas y venidas...
Lo máximo que puedo hacer es contarles que aunque esté sentada en esta silla de cartón por los días y también por las noches, el sol sigue saliendo y poniéndose ahí fuera, siempre detrás de la ventana. Todos los días miro por el agujero de mi ombligo y todo sigue igual, nada cambia. Lo sé, pero no todos enseñan la barriga. Los ombligos ajenos llevan un tapón de corcho. Yo lo llevo también, pero lo quito cuando quiero.

Las máscaras se caen a pedazos, pero siempre a solas. Lo máximo a lo que aspiro es a verles venir de lejos y suponer. Todo se reduce a suponer. Debiéramos moderar estos usos. Los ojos siempre lagrimean. La boca vomita o escupe. Prefiero verles llorar, pero no me importaría, si de guiarme se trata, cualquiera de las demás. Lo que sea que tenga que salir de nuestras heridas, saldrá. Al final siempre sale todo por los ojos o por la boca. Pero esto no siempre ocurre en presencia de tí o de mí, por lo que en la mayoría de los casos no nos enteramos de nada. Y todo vuelve hacia atrás.

El domingo primero de aquel mes bisiesto me olvidé de un cumpleaños importante y el día de navidad no visité a un ser querido. Cuando el trato sólo tiene lugar en casos extremos, a uno se le olvida en qué parte de la historia se pusó el pause y dónde diablos se situaba aquel sujeto que no volvimos a ver nunca más. Cuando llegan condiciones extremas de viento huracanado, uno ya no tiene presente de qué lazos estábamos hablando y termina por actuar como si de un individuo más se tratara, sin llevar a cabo, en ocasiones, los trámites necesarios para una mantenida hipocresía social.

A veces las burbujas ofrecen una resistencia espectacular. Tendemos a creer que se rompen con un chasquido de dedos, pero en ocasiones no es verdad. Hay que tener cuidado con esto. Las burbujas son variopintas, pero ninguna como esas que se crean por necesidad. Son las más peligrosas. Uno la refuerza día tras día, casi sin darse cuenta, con fuertes ideas proteccionistas y cuando vuelve a amanecer después de mil años, es un hecho patente que la burbuja ya no estallará. Si quieren pueden pensar en muros por derribar, al fin y al cabo, la idea es la misma.

Se encerraron en una cuevecita solitaria perdida en el monte. Sólo querían estar solos, despedirse de la ciudad y de sus agobios, de los humos, de la contaminación. Pasaron los meses y los años y no salieron de ella nunca más. La gente que les echaba en falta, desde la ciudad, elucubraba acerca del paradero de los dos desaparecidos. Ni la policía ni ellos, llegaron a saber nunca nada más. Lejos de todo aquello, sólo la lluvia que humedecía la cueva les afectaba. Un día, más tarde que pronto, se aburrieron de la soledad y les dio por salir. No hubo vuelta atrás. El mundo había desaparecido.




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0:04

Desenraizada

Publicado por Nenita


Sus pies estaban tan enraizados en la moqueta gris de la acera que ya no podía sacarlos. No llevaba mucho tiempo en ella, en la acera, pero sí en la ciudad. Se llamaba la ciudad Salvaje. Ella se había quedado dormida sobre sus propios pies hacía ya veinte años, pero la ciudad no había dejado de crecer. Mientras, sin saberlo siquiera, había ejercido de posada para los pajarillos que en aquella ciudad se hacían llamar cuervos.

La vegetación había crecido demasiado. Se presentaba frondosa antes sus ojos bizcos de tanto mirar. Se daba cuenta de que las raíces de los árboles eran mucho más profundas que las suyas y algunas se enredaban con sus pies bajo tierra. Algo no había marchado bien.

Los edificios construidos con dedicación o sin ella, durante este largo tiempo, apenas se apreciaban entre tanto vegetal. Pero lo más importante, lo que sostenía en pie esta ciudad, era la naturaleza salvaje de su fauna. Los monos asilvestrados saltaban por encima de las cabezas que hiciera falta, los elefantes sin trompa presumían ante los que sí la tenían, los cocodrilos ahora te avisaban de que eras su cena y las panteras predominaban por estar predispuestas a cualquier cosa a cambio de defender su territorio. Sólo había un factor común: todos eran salvajes.

La acera se hizo chocolate gris. Sacó los pies. Después de tanto. Salió corriendo ladera abajo con el grito puesto en el cielo y los dedos inflados en forma de globos. Ya no sabía respirar. Las lagrimas habían corrido como ríos la noche anterior. Hoy, lo que corría eran una tremenda furia envenenada. La única cabaña de indios que aún quedaba en la ciudad le había tomado por el pito del sereno y le había despertado de su letargo. Después de tantos años dormida pudo despertar, y lo más importante, correr. No le gusto la sensación del despertar y se sintió peor. Vio que no quedaba nadie que no fuera salvaje. Sólo ella que había permanecido congelada y ahora, por culpa de ellos, ahora...

Quizás fue culpa mía -pensó.


2:28

Cosas de la cajita de las llaves...

Publicado por Nenita





































Al menos las ordené un poco...








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1:30

El malabarista

Publicado por Nenita

Llegué al circo como equilibrista y poco a poco voy ampliando mis capacidades. Ahora me incluyo también en la categoría de acróbata y, si me apuras, la de pseudomalabarista. Hay muchas mujeres barbudas, a pesar de ello son guapas, porque les tiñen la barba de rosa y parecen más femeninas. Aunque no dejan de ser ridículas, en mi opinión. Yo directamente decidí afeitármela, y después del mal trago de no saber si me despedirían, me quedé. Sin necesidad de ser perro faldero, me quedé en el circo. De todas formas, los hombres se dejan llevar igual... aunque a la hora de la verdad prefieran una mujer imberbe. Lo que me preocupa es que abundan los disfraces autoimpuestos, precisamente en las susodichas imberbes. Una de ellas va con zancos, estos palos altos sobre los que se sube uno en las cabalgatas y ferias para caminar junto a los cabezudos. Ella lo emplea para ganar altura y ver las posibilidades por encima de los demás. Lo que ocurre es que el disfraz que le cubre es demasiado transparente y se ve a la legua que es zancuda, por lo que pierde toda la gracia, no sólo ante los niños sino también ante sus compañeros de circo. Tan pronto mide tres metros como uno y medio, y esto me parece sospechoso ¿no deberían llamarle la atención? ¿acaso no la han contratado para ser zancuda? Probablemente su cara de mona le permita ser pluriempleada y desempeñar otras tareas beneficiosas para el circo, sin que nadie le diga nada.

Así, cada una en lo suyo, creo que, dentro del género femenino, aparte de las demás acróbatas, las payasas y las barbudas color espinete, las mujeres que más fuerza confieren al circo somos precisamente la zancuda a la vez que mona, de procedencia latina y yo, equilibrista y acróbata, del este europeo.

Desde el punto de vista masculino, existen destacados empleados circenses: el domador de leones... Es un argentino con una labia increíble. Es capaz de domar a las fieras más salvajes del circo con una facilidad pasmosa. Su melodía es encantadora, duerme tus sentidos sin que te des cuenta y permite que te regodees en sus palabras aunque no creas, en ocasiones, ni una sola palabra de lo que dice. Pero sí, es ducho, y sabe cómo llegar a ti y convencerte. En un primer momento desconfié de su amabilidad, no acababa de empezar la función y ya me estaba llevando a casa montada en un león drogado por las calles empedradas de la ciudad. Yo le agradecí y luego me fui andando. Más tarde vi que lo hacía con todas a cara descubierta y me quedé más tranquila. Más que nada porque no era una estrategia, sólo su personalidad.


Pero a mí el que me interesa es el malabarista. Es muy profesional. Sabe hacer malabares como nadie: un día me da la mano y otro me quita hasta el saludo. El primer día que coincidimos me sentí familiarizada con su aspecto del este, aunque resultó ser más del oeste que ninguno, pero igualmente lechoso. Tenía un aire distante, como si viviera en un mundo aparte o al menos en su grupo reducido de amigos-colegas. Se me ocurrió decirle que me resultaba familiar,creo que esa fue la primera toma de contacto. Esbozó una media sonrisa y me habló de su oficio. Es un tipo serio y amable a la vez, un ser extraño. Más tarde, mientras le tocaba actuar al faquir, vino a sentarse a mi lado, en el camerino, para preguntarme por mis creencias y mi forma de vivir. Me resultó extraño que una persona tan sumergida en sí misma tomara la iniciativa de hablar conmigo. A partir de ahí, el malabarista misterioso despertó mi interés. Pero yo soy equilibrista, no lo olviden, y la idea de equilibrio me acompaña siempre, dentro y fuera. En aquella conversación, el malabarista pareció relajarse a mi lado, me contó sus diferencias con otros compañeros y, lo más importante, se rió conmigo. También me tocó con sus manos entre ja y ja. Hay personas que lo hacen sí, te tocan un brazo, una pierna a la mínima ocasión. Yo también me encuentro en ese grupo.
Al día siguiente, cuando yo bajaba por las escaleras detrás de él, me vió con los ojos que lleva en la nunca y enseguida se giró para saludarme. Pude apreciar cómo aquel ser peculiar no era tan serio ni tan frío como aparentaba. Más bien al contrario, era cercano. Ocurre, sin embargo, que a la mínima ocasión se reconvierte de nuevo a hombre de piedra y nada puede hacerle sonreír. Supongo yo que esto no tiene nada que ver con su trabajo, aunque quizás tantos malabares requieran un grado especial de concentración, hasta fuera del escenario, no lo sé.
Hemos hecho algunos números juntos. Ayer, cuando entró en escena el mago y a mí me correspondía la esquina B, no hacía más que mirar de reojo. Como pasaba cerca, improvisó un número en el que yo cogía una de sus pelotas, malabares, por supuesto. Menos mal que anduve rápida. El caso es que después de dos días, ese interés que se ha creado en mí hacia él, se ha visto truncado por dos cosas: un cambio de actitud en el malabarista, que rehuye mi mirada y se aleja de mí a las 11:10, mientras ya me está mirando de reojo a las 11:20; y la zancuda latina que desde su mirador le ha echado el ojo al occidental mientras se toquetea el pelo y me vigila de lejos.

Únicamente me pregunto el por qué de esta desorientación. El malabarista sabe en qué lugar del escenario me hayo en cada momento. Sale a mi encuentro, me tira las pelotas sin estar en el planning. Me sonrié y mañana me huye con seriedad. Esquiva mis miradas, luego las busca. Me toca, y a la siguiente parada se aleja de mí. Se pone en la otra esquina, de espaldas y con una venda en la cabeza que le tape hasta los ojos de la nunca. Y cuando yo siento que molesto y decido dejarle en paz con sus pelotas, se quita la venda corriendo y me vuelve a buscar. Entonces me encuentra, con el hombre bala y el faquir, hablando de los payasos y se ríe de lejos, como compruebo cuando levanto la vista y le encuentro. Mientras tanto, la zancuda se encuentra parada en la esquina C del circo, vigilándolo todo. Está esperando su momento para intervenir. Ya lo hizo esta mañana, me pilló de sorpresa. Creo que presenció el juego del malabarista para conmigo. Me parece que ella también quiere malabares. Ahora observa. Yo también lo hago. A ella se le nota, a mí no. Al menos para con él. Somos opuestas en la forma y en el fondo, pero potentes en ambos casos. El malabarista es raro, me dijo que quería verme desnuda, eso no es timidez. Era un camerino común. Abrió unas comillas y se escudó en la broma.

Actualmente es muy serio, huye de mí. Pero sé que mañana, qué digo mañana, dentro de un rato, volverá a mirarme de lejos y a tirarme las pelotas de improviso, desde el otro extremo del escenario en su número de malabares. No sé si lograré cogerlas, tampoco sé qué quiere de mí.

Confusamente,



2:07

Salvarse en tus ojos

Publicado por Nenita

Sólo pude sentir una especie de desprecio, afilado como las garras de un aguilucho, haciéndome presa de la incomodidad y la decepción. Sí, así fue. Y no hace más que unas horas de ello. Nada ocurrió cuando en la mañana esas dos mocosas de vestido de flores hacían de payaso en la feria. Tampoco cuando la jirafa de manchas marrones comía hierba del jardín del vecino, porque estaba más rica que la suya. Aunque lo hacía de una forma totalmente apaciguada, saben? Fue uno de los pocos espectáculos leales de toda la mañana, a pesar del allanamiento de morada. Pero es que a la jirafa no le gustaba su hierba… al menos no lo ocultó.


Y sí, fue la tranquilidad precisamente lo que hoy vino a salvarme de tanta hipocresía. Creí que no podría hacerlo, que no podría atravesar andando por un suelo tan ardiente como aquel y no abrasarme los pies, aún pasando de puntillas. Y la tranquilidad, no la mía sino la de él, una tranquilidad azul cielo, fue la que me cogió en volandas y me arrastró de aquel lugar tan contaminado. Lo hizo con su mirada tranquila y enigmática que invitaba a confiar esta vez. Sus ojos decían que había conectado conmigo, que me sentía cerca. Del mismo modo que otras personas se encargaban de transmitirme justamente lo contrario, a la misma hora y en el mismo lugar.Pero sí, sin duda,el aire de niño distraído es encantador. Esa manera sutil de hacerme saber que algo empezaba a marchar después de tantas horas. Algo que invitaba a escapar de ese ambiente ensimismado y ególatra.


Y apareciste callado por los pasillos blancos, tan largos y pesados... Me gustan tus ojos. Y me colgué de tu paz, de tu ir más allá, de ese giro de ciento ochenta grados que le diste a esa atmósfera narcisista, exhausta ya, pero taladrante. Y me insuflaste un chute de paz y adrenalina. Y viniste a sacarme del fango de la hipocresía y el miedo que inundaba aquella competición. Y me tendiste una mano para reunirme contigo a pensar, a salvo del mundanal ruido de la superficialidad. Y lo curioso es que todo lo hiciste con la belleza de tus ojos azul cielo. Pero fue a otro nivel... más allá.