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- Nenita
- Procedente del absurdo, un buen día aterricé en este lugar defectuoso, donde me libero del yugo de la imaginación y de los sentidos. Advertencia: escribo con las tripas.
Sobre la autora
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Contáme...
...una historia
contame una historia.
Metele con todo,
no te hagas rogar.
Frename este absurdo
girar en la noria
moliendo una cosa
que llaman "verdad"...
Contame una historia
distinta de todas,
un lindo balurdo
que invite a soñar.
Quitame esta mufa
de verme por dentro
y este olor a muerte
de mi soledad...
Contame una historia...
Mentime al oído
la fábula dulce de un mundo
querido, soñado y mejor...
Abrime una puerta
por donde se escape
la fiebre del alma
que huele a dolor...
Contame una historia
vos, que sos mi hermano,
volcame en la curda
que me haga sentir
que aunque el mundo siga
yirando a los tumbos,
aún vale la pena
jugarse y vivir...
Batime que existen
amigos derechos,
mujeres enteras
que saben querer.
Y tipos con tela
que se abren el pecho,
si ven que la vida
te puso en el riel...
Contame la justa
de un lecho de rosas.
¡Estoy tan cansado
de andar por andar!...
Contame una historia
con gusto a otra cosa,
y en la piel del alma
poneme un disfraz...
Sólo pude sentir una especie de desprecio, afilado como las garras de un aguilucho, haciéndome presa de la incomodidad y la decepción. Sí, así fue. Y no hace más que unas horas de ello. Nada ocurrió cuando en la mañana esas dos mocosas de vestido de flores hacían de payaso en la feria. Tampoco cuando la jirafa de manchas marrones comía hierba del jardín del vecino, porque estaba más rica que la suya. Aunque lo hacía de una forma totalmente apaciguada, saben? Fue uno de los pocos espectáculos leales de toda la mañana, a pesar del allanamiento de morada. Pero es que a la jirafa no le gustaba su hierba… al menos no lo ocultó.
Estaban en aquella habitación con los dientes apretados y las camisas remangadas y me temí lo peor. Afortunadamente, la tormenta ya había pasado. Sin embargo yo pensé que estaban en mitad de la acción y me metí en el fregao. A veces me encuentro a mí misma como un niño crío, llevándome fichas de parchís a la boca con una inconsciencia no apta para mi edad. Otras veces, voy caminando por la calle pensando en burros con alas o causas justas y piso sobre hollo destapado con una facilidad inaudita. Ahora bien, al día siguiente cuando salgo a pasear, siempre procuro mirar al suelo y asegurarme de que las alcantarillas no sigan destapadas… Pero bueno, los errores son parte de la vida. Y a veces quien menos te lo esperas acaba dándote una buena lección. Soy la primera en reconocer mis defectos, creo que está claro... Aún así, me fustigo una y otra vez, porque éstas no son horas de restregarse en el barro… debí haberlo aprendido antes. Pero nada, que las piedras del camino son muchas, y últimamente estoy muy despistada. En realidad, siempre lo estuve. Y es que lo que no puedo es ponerme el hato de predicador y actuar como tal. Tengo que controlar mis impulsos y que esta sopa de letra que se cuece en mis tripas no salga sin un mínimo orden a ensuciar casas ajenas. Por eso, cuando en aquel salón lo confundí todo y las nauseas me hicieron vomitar mis defectos encima de su sofá recién tapizado, no pude menos que sentir una vergüenza bochornosa. Presenté mis disculpas, pero aún hoy me siento responsable por haber criticado de forma deliberada aquello que ni yo misma pude controlar. Y es que esta impulsividad me tiene frita. Y aunque es cierto que hay errores y errores, yo me preocuparé de los míos, que los demás ya tienen quien los guarde.Públicamente autoreprendida

En otro orden de cosas, ya estaba harta de estar de espaldas...
Vinieron todos. Iban a festejar el número de pasos que dio, ¡qué estupidez!, tal vez si le trajeran otros tantos empaquetados de repuesto… La abuela preparó un gran asado. También estaba la tía abuela, que no hacía más que pasar sus manos arrugadas por encima de la cabellera de la joven.
Y cuando por la mañana suena el despertador y se levanta de un golpe para desayunar con la tía Marga, sale con un pijama de raso agujereado a la altura de las tripas de tanto rumiar y rumiar, en sueños, emociones mal digeridas. La tía le dice “tapaté” ofreciéndole una bata de color amarillo, pero a ella no le gusta y la tira al contenedor de la cocina. Pero la tía no se ofende, a pesar de que era su bata nueva, porque ella enseguida le da un beso en la coronilla y la hipnotiza con tostadas y café.
En el fondo, ella no hace más que suplir carencias. Lo sabe y yo también lo sé. Por eso sigue entrenando a diario, por si un día hay que batirse en duelo. Pero lo que no entiende es que yo abandoné mi lugar porque no lo quería y no voy a volver a por él. Y esto es así porque cuando los precios de un afecto pasan por comprar los corazones, prefiero quedarme en la cama leyendo el periódico y levantarme un poco más tarde, cuando el trabajo sucio ya está hecho. Más que nada, porque yo no lo iba a hacer y como ella lo hará de todas las maneras, prefiero no verlo. Quizás los ojos se te han puesto tan negros por tantas veces que se dan la vuelta, volcándose hacia tu interior, dejándoles ver cuánta mierda se cuece dentro.
No la conocen, por aquí no la conocen, sólo yo... Perdonen el laísmo.


