Los cambios en nuestra experiencia sensitiva ocurren todos los días. Creemos que son fruto de grandes acontecimientos y nos esmeramos en que todo permanezca estático para evitar desestabilizarnos. Pero el mudo gira y todos los esfuerzos por permanecer son pocos. Cada noche la vuelta a casa arrastra un montón de fotografías fijas en la mente, de vivencias que modificaron tu sentir. Y mientras otros se preguntan qué cruce de piernas falló para que la sonrisa de hoy ya no sea de 180 grados, te percatas de que el ayer es humo y hoy, inexplicablemente, todo ha cambiado.
Este blog carece de sentido...
Sugerencia
No prescindas de la música de los posts...
Archivado
IMÁGENES
Algunas de las fotografías expuestas en este blog están cogidas de Google. Si alguna de ellas es tuya y quieres que la retire del blog, házmelo saber y lo haré de inmediato.
- Nenita
- Procedente del absurdo, un buen día aterricé en este lugar defectuoso, donde me libero del yugo de la imaginación y de los sentidos. Advertencia: escribo con las tripas.
Sobre la autora
RECOMENDADO
Otros autores
Contáme...
...una historia
Vos que tenés labia,
contame una historia.
Metele con todo,
no te hagas rogar.
Frename este absurdo
girar en la noria
moliendo una cosa
que llaman "verdad"...
Contame una historia
distinta de todas,
un lindo balurdo
que invite a soñar.
Quitame esta mufa
de verme por dentro
y este olor a muerte
de mi soledad...
Contame una historia...
Mentime al oído
la fábula dulce de un mundo
querido, soñado y mejor...
Abrime una puerta
por donde se escape
la fiebre del alma
que huele a dolor...
Contame una historia
vos, que sos mi hermano,
volcame en la curda
que me haga sentir
que aunque el mundo siga
yirando a los tumbos,
aún vale la pena
jugarse y vivir...
Batime que existen
amigos derechos,
mujeres enteras
que saben querer.
Y tipos con tela
que se abren el pecho,
si ven que la vida
te puso en el riel...
Contame la justa
de un lecho de rosas.
¡Estoy tan cansado
de andar por andar!...
Contame una historia
con gusto a otra cosa,
y en la piel del alma
poneme un disfraz...
contame una historia.
Metele con todo,
no te hagas rogar.
Frename este absurdo
girar en la noria
moliendo una cosa
que llaman "verdad"...
Contame una historia
distinta de todas,
un lindo balurdo
que invite a soñar.
Quitame esta mufa
de verme por dentro
y este olor a muerte
de mi soledad...
Contame una historia...
Mentime al oído
la fábula dulce de un mundo
querido, soñado y mejor...
Abrime una puerta
por donde se escape
la fiebre del alma
que huele a dolor...
Contame una historia
vos, que sos mi hermano,
volcame en la curda
que me haga sentir
que aunque el mundo siga
yirando a los tumbos,
aún vale la pena
jugarse y vivir...
Batime que existen
amigos derechos,
mujeres enteras
que saben querer.
Y tipos con tela
que se abren el pecho,
si ven que la vida
te puso en el riel...
Contame la justa
de un lecho de rosas.
¡Estoy tan cansado
de andar por andar!...
Contame una historia
con gusto a otra cosa,
y en la piel del alma
poneme un disfraz...
En ocasiones, llegar al epicentro de un alma es una tarea ardua, utópica e imposible. Se puede intentar, mas nunca se consigue del todo. El cuerpo es algo que llevamos “a cuestas” y siempre nos acompaña, pero el alma, el alma es otra cosa. Y cuando se repliega de puertas para adentro es inevitable que su ausencia se haga notar ante aquellos que esperan retroalimentación.
Construimos muros para quedarnos a solas. Y nos abstraemos de lugares en los que no queremos estar, bien porque nos incomodan, bien porque no nos suscitan el más mínimo interés, otras veces porque nos hacen daño. Por eso, hay casos en los que optamos por presentar el cuerpo y evadir el alma. Sin miradas indiscretas, dejando, en muchos casos, desorientados a los que intentan, desde fuera, contactar con nuestro verdadero “yo”. Es lo que se llama tener un gran mundo interior.

Todo lo que él era, tantos sus emociones puras y castas como las más inmorales y reprochables, se encontraban exentas de protección. Nicanor no tenía forma alguna de explicar al mundo que algunas de las cosas que sentía, tan mal vistas por la sociedad como estaban, eran sentidas por él inevitablemente y no había forma de reprimirlas. Pero Nicanor no tenía cuerpo que le limitara, por lo que no podía ocultar esos mundanales sentimientos de la vista de los demás, mediante muros de piel y hueso. Todo sentimiento que nacía en él, moriría inevitablemente, derramado en estado puro por el camino. Siempre, sin haber atravesado previamente ningún tipo de censura social.
Sin embargo, el Sr. Nicanor no podía hacer esto, pues era un alma dispersa, sin cuerpo ni materia que le limitase. Y, como todas las cosas que no tienen mucho sentido, despertó de golpe todo mi interés. Y por ser mujer de extremos fue que dediqué todo mi tiempo a observarle. Mi objetivo, lograr entender cómo podía este ser ambulante vivir expuesto ante los demás.
Ocurrió que, a pesar de su edad y de su forma de vida, comencé a sentirme atraída por lo único que veía de él, su esencia. Confiada en el éxito de aquella empresa, quise absorver toda su magia, acceder a su verdad. Anticipé que el aura que desprendía era tan sólo el resplandor de sus más profundos secretos. Pero el Sr. Nicanor no tenía secretos, pues todo lo daba. El Sr. Nicanor sólo tenía tesoros que nadie sabía descubrir.
Condenado a vivir sin tapujos, hacía ya tiempo que lo había aceptado. Pero una pequeña parte de su ser aún lamentaba, a su tardía edad, no haber descubierto en este mundo un sólo ser lo suficientemente atento como para apreciar su naturaleza.
Todo lo que él era, tantos sus emociones puras y castas como las más inmorales y reprochables, se encontraban exentas de protección. Nicanor no tenía forma alguna de explicar al mundo que algunas de las cosas que sentía, tan mal vistas por la sociedad como estaban, eran sentidas por él inevitablemente y no había forma de reprimirlas. Pero Nicanor no tenía cuerpo que le limitara, por lo que no podía ocultar esos mundanales sentimientos de la vista de los demás, mediante muros de piel y hueso. Todo sentimiento que nacía en él, moriría inevitablemente, derramado en estado puro por el camino. Siempre, sin haber atravesado previamente ningún tipo de censura social.
¿Cómo podía Nicanor vivir en tal estado de exhibición? ¿Acaso no tenía miedo? Esa fue la primera duda que me asaltó. El punto de partida de una inmensa curiosidad, que me mantuvo ojo avizor desde el día en que me cautivó su misterio. Pensé que observar bastaría. Sin embargo, de aquel creador de ilusiones, únicamente se apreciaba la tercera parte de lo que era. Su secreto era algo más que aquel resplandor que me embelesaba. La luz que desprendía cegaba al más pintado, dejando en segundo plano todos sus silencios, los que de verdad hablaban.
Nicanor no tenía miedo de lo que contaba, de lo que tenía miedo era de que nadie descubriera nunca todo cuánto es. Podía pasear con el alma al aire por las calles de la ciudad, desnudo, sin cuerpo, pues las miradas indiscretas no le inquietaban. La gente estaba ciega.
Hoy, su semblante aparece gris y trasnochado, después de infinitas sonrisas a medio usar. ¿Acaso está cansado de que nadie advierta cuanto es en realidad? ¿Es la edad lo que le ha arrebatado la esperanza o es la reciprocidad que no encontró? Puede que, a estas alturas, ya tenga el alma rota, quizás cosida, que todo lo que recogen sus escritos sea cierto o tan sólo fruto de su talento literario. No lo sé, pero cuando ayer dibujaba ilusiones en el aire de esa bendita manera, repasándolas con el humor ácido que le caracteriza, consiguió igualmente enloquecer mi propio alma. Hoy, se dedica a repasar con su luz, hecha de emociones puras, tristezas añejas teñidas de desazón. Sólo espero que las ganas de seguir vendiendo ilusiones le permitan seguir adelante. De la noche a la mañana el viento se le llevará lejos, y ahora que el tiempo confirma sus sospechas de soledad, sé que sólo entonces su alma estará a salvo.
Abrí la puerta y entré en aquel paraíso perdido. Olía a sangre mugrienta y a puré de obligaciones. El suelo estaba lleno de vísceras sangrientas, tripas enredadas, entrañas con olor a ausencia de alternativas... A lo lejos ví un corazón medio muerto, que cada cinco segundos sufría un débil espasmo en forma de latido.
Eché un vistazo a la enorme habitación. Debía ingeniármelas para atravesar aquel amasijo de tejidos podridos y recoger mi músculo vital.

Desde la puerta saqué un pie y lo apoyé en el primer hueco libre que acerté a divisar. El suelo estaba pegajoso, seguramente hacía mucho tiempo que nadie lo fregaba. Me pareció que sería mejor descalzarme. Apresuradamente, dejando mis pies desnudos, me introduje en aquel cuarto pestilente. Estaba cargado de olores mezclados que no acertaba a identificar. Algo así como una mezcla de sangre, vómitos ácidos y almíbar.
Hacía calor, demasiado calor. Pensé que sería mejor prescindir de la ropa que llevaba para manejarme de forma hábil, si podía, entre aquella vertiginosa crudeza. Me quedé desnuda y caminé ligera. De puntillas, sentía como la sangre me guiaba. Sangre seca por algunas zonas y algo fresca por otras. El silencio era ensordecedor. La luz entraba por una estrecha rendija colocada en lo alto de la pared, que dejaba la habitación en penumbra. Me introduje como una lagartija, hábil pero lenta, entre las ampollas de piel y sangre que inundaban el espacio aquel. No estaba nerviosa, respiraba al ritmo adecuado, sin miedo ni prisa, solamente repudiando aquel hedor. ¿Cuánto tiempo habría pasado aquel lugar escondido de la vista de los transeúntes?
Avancé sin detenerme, guardando el equilibrio. Entonces pude divisar mi objetivo. Enseguida lo recogería y nos iríamos de allí. Se acabaría aquel espectáculo de casquería despellejada, carne demasiado hecha y sueños trasnochados.
En un rincón descubrí una especie de hoz. Estaba manchada, sí, y muy usada. Probablemente la usaron todos ellos, como la usé yo…
Quedaba poco. Entre salto y salto, iba llegando a aquel corazón podrido de latir, que un día dejé abandonado en cuarentena. De pronto resbalé y caí sobre un montón de tripas envenenadas de color verde enfermizo. Me sacudí rápidamente toda aquella miseria ajena y me arrastre hacia la propia.
Por fín. Allí estaba aquel corazón de entonces… aún latía. Decidida, me avalancé a cogerlo. Nos vamos de aquí... Sentada, desnuda sobre un suelo bañado en miserias, alcé entre mis manos aquella reliquia y suspiré. Lo miré con los ojos encharcados en agua dulce, pero roja, y me derrumbé sobre mí misma, henchida de pena.
Entonces, conté hasta tres y me incorporé. Limpié con mis manos sucias aquel viejo corazón y lo metí en el mismo agujero vacío que aún atravesaba mi pecho.
Me tiene cogida, me agarra fuerte, me vapulea. Consigue erizarme la piel, absorverme, consumirme… ponerme a su disposición. Convierte mis sueños en humo.
Las fachadas de los edificios luían sucias, los ventanales negros de hollín, por el sudor de la ciudad… El paisaje chorreaba erosión de tanta y tanta polución. Un brazo de hierro, fuerte y poderoso, que simulaba al de un humano, se introdujo en mi paisaje de ensoñación, en mi jaula, en mi pensamiento. Sin esperar demasiado, me salvó. No me hizo esperar ni agonizar. Me enganchó con sus dedos inestables y, como pudo, me sacó de aquel esperpento. Sin más demora, me soltó en mitad de un espacio luminoso y los aplausos se hicieron oír. El espectáculo había causado estragos, había gustado, había inquietado a las mentes más soñolientas. Las cortinas rojas se cerraron y el payaso de triste sonrisa desapareció. El espectáculo había terminado.
Hace mucho ya que no siento nada. ¿Te acuerdas cuando nos perdíamos en aquella casa abandonada? Esas cosquillas en el estómago, el miedo y las ganas de descubrir algo nuevo. Echo de menos aquella bendita inocencia que hemos perdido para siempre… Esas ganas de saltar de la cama cuando sale el sol y muy poco sueño cuando se pone. No sé, alguna razón que nos haga darle a la vida un sentido más allá de esta rutina.
-Dónde has estado todo este tiempo?
-No sé, me perdí.
-¿Te perdiste?
- Bueno, me encontré desvalida, inservible, falta de razón y de fe.
-Tienes la cara demacrada, como entonces.
-¿Por qué te fuiste?
-A veces no basta con quererse.
-¿Por qué nunca me dijiste que habías dejado de quererme?
-Porque te sigo queriendo.
La respiración se entrecortaba con la misma excitación de los primeros años. Por aquel entonces, estuvieron a punto de pisar tierra prohibida. Sin embargo, no lo hicieron. El viento no soplaba a favor. Pudieron haberse matado, pero sobrevivieron. Lograron ser absolvidos de la mayor de las penas. Se asomaron demasiado a aquel precipicio, incluso dudaron si saltar. Pero no lo hicieron.
Aquello lo cambió todo. Y no es que tu respiración entrecortada no me provoque, o que no deseé ayudarte a recoger las tiras de piel que fuiste dejando por el camino. Pero, ¿acaso ya no recuerdas cuántas batallas tuvimos que librar por mantenernos en pie? No sé que hubiera pasado de no haber ocurrido así.
Cuando descubres que existen almas perdidas, como la tuya, vagando por ahí, cansadas, con las mismas heridas o los mismos sueños, algo extraño sucede. Ellos descubrieron por fin otro camino, aquel que tanto habían deseado. Pero no estaban preparados para derrumbar su mundo y perderlo todo. Así, siguen viviendo con sus carencias y esperando que nada perturbe jamás lo ya imperturbable.
Me dijeron que pedaleara hasta la extenuación, pero marcha atrás. Algo debió fallar en el aprendizaje. Mamá empujó la bici y descendí cuesta abajo con los pies bien metidos en las correas de uno y otro pedal. Las bicicletas no funcionan así. Acabé estrellándome contra un muro. No fue fácil debatirse entre la vida y la muerte. Sin embargo, antes de que me diera tiempo a hacer de tripas corazón, alguien vino a recoger mis huesos. Me sacudió el polvo de las rodillas y me curó las heridas. Se montó conmigo y echamos a volar. Volamos durante cien años, doscientos, mil. Ayer ese alguien se quiso bajar de la bici. Dijo que yo ya sabía montar. Pero es mentira, no aprendí. Yo sólo le acompañaba metida en el cestillo, sumergida en sus ojos. A pesar de ser un espacio pequeño, era tan cómodo... Lo único que aprendí es que no sé quién soy sin su espejo de mano. No se fue, mas se irá. Ya tengo preparado el aparcamiento para mi pequeña y húerfana bici. El problema no es caer. El problema es que yo no sé pedalear y mamá ya no me empujará.
Un vuelo sin retorno nos va adentrando en aquello de lo que huimos. El hilo se va gastando, se va rompiendo, y, tarde o temprano, nos dejará caer.
Quisimos jugar al todo o nada por tenerlo todo. Si sale NADA… lo perderemos TODO.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



